miércoles, 9 de febrero de 2011

IX Salón Internacional del Vino. Hotel Conrad.





Un hijo de vecino en la gran fiesta de Baco
Una visita al IX Salón Internacional del Vino, en el Hotel Conrad, según la mirada de un aficionado
Por Valentín Trujillo. Publicado en El Observador

La entrada al IX Salón del Vino, organizado en el Hotel Conrad de Punta del Este, se parecía a la entrada al camerino de Madonna en un postshow. Las pulseritas de colores de brillantina en tonos dorados, azules zafiro y fucsia tipo lápiz de labios, los guardias de seguridad altos y recios, trajeados de negro con camisa blanca y cablecito a la oreja tipo agente de Matrix, un acordonado de seda color bordó y de fondo, dentro del salón mismo, un loop electrónico que se repetía y resonaba mientras haces de luces programadas barrían suelo y techo con el mismo dibujo psicodélico.

Como la gran mayoría de los asistentes al evento, entré al ágape vinero como un aficionado apenas un iniciado en el rito de la uva destilada, un hijo de vecino al que le gusta el vino y conoce a grandes rasgos las principales cepas, tiene alguna referencia de alguna buena bodega y va a que los especialistas le expliquen procesos, tiempos, secretos, consejos y piques en general.


Dentro de esa minoría silenciosa (salvo el mediático y risueño Michel Rolland, los expertos en vino hablan en voz baja y poseen una introspección propia de quien medita con su paladar cada trago) de conocedores había bodegueros, enólogos, sommeliers, estudiantes de sommeliers, chefs, estudiantes de chef, expertos. También estaba presente otra casta, intermedia entre el vulgo y la teoría, compuesta por importadores, exportadores, tratantes de comercio, vendedores y asistentes de marketing de las bodegas, que no están al nivel de un sommelier pero que pueden hablar con propiedad de un vino que lo sienten casi como suyo, como si lo hubieran diseñado.


El formato del salón se parece al de una cata gigantesca (hubo un promedio de público de casi dos mil personas cada una de las dos noches). Cada bodega o casa de venta de vinos -que eran los dos formatos de stand que se presentaban- tenía presentados sus productos para que el público los probara en las copas con las que la organización recibía a los asistentes. De hecho, la entrega de la copa era algo así como el peaje imprescindible para ingresar al salón luego de pasar el cerco de la entrada.


Copa vacía y reluciente en mano, auténtico salvoconducto en un escenario como ese, me dirigí al primer stand de la larga recorrida de expositores. Algunas bodegas y algunas casas de venta tenían a sus propios sommeliers explicando y aconsejando a los legos sobre las cualidades y las características de los vinos presentados. Por ejemplo, la casa Vinos del Mundo, de Wine Select, trajo al sommelier argentino Sebastián Bossi para que detallara las virtudes de vinos de varias nacionalidades, entre ellos vinos de Salta, Argentina, de Sudáfrica y de Australia. También organizó una cata temática con el enólogo chileno Javier Villarroel, de la bodega Maycas de Limarí, un emprendimiento de Concha y Toro a 400 kilómetros al norte de Santiago, en un valle árido que está en plena expansión.


Grand Cru trajo al export manager del conglomerado de bodegas chilenas Santa Rita, Diego Chávez, que realizó una presentación de la nueva línea de vinos de los valles de Curicó y Alto Maipo.


Jugando de locales, las principales bodegas uruguayas también estuvieron presentes. La oportunidad de poder exhibirse en una feria de este tipo es importante para las bodegas locales, sobre todo para hacer contactos y tener acceso a nuevos mercados.


"Para nosotros esta es una gran ocasión de reunirnos con conocedores, referentes y público en general, y poder tener un feedback instantáneo de la opinión de gente de diferentes países. Es como una pequeña encuesta en directo, local, regional y hasta mundial, porque nunca se sabe quién puede estar probando un vino", destacó a El Observador Ricardo Soto, jefe de ventas de la bodega Varela Zarranz, de Canelones, uno de las que integró la "delegación uruguaya" en este IX Salón Internacional del Vino.


Paladares y paladares. Un problema práctico que le surge al aficionado es que, ante tal cantidad de oferta casi infinita, fina y selecta, sus glándulas salivales y sus papilas gustativas le jueguen una mala pasada, no queriendo escupir la pequeña medida que se le ofrece en los stands. El conocedor huele profundamente introduciendo su nariz casi hasta la superficie del vino, prueba un trago largo, lo mantiene casi haciendo un buche y luego, en general, lo escupe en una distinguida champañera de plata, que esta vez se degrada un poco y hace las veces de cloaca vinera. Hay quienes piden agua para enjuagar el paladar o comen pan, con el mismo fin.


Para el que decide no escupir, al tercer o cuarto vino el paladar ya tomó una pátina violácea que no permite distinguir mucho los diferentes taninos de cada cepa y de cada mezcla.


La parte sólida. Para acompañar tanto vino, había dispuestas mesas en el perímetro del gran salón, donde se ofrecía una abundante tabla de quesos, fiambres y embutidos, diferentes tipos de pan, carne en varios formatos (los bifes finos de Angus volaron en menos de lo que canta un gallo). Desde el momento en que se lanzó la comida hasta el cierre del salón, la gente se abalanzó sobre las mesas, a veces haciendo una improvisada fila, otras veces sin respetar la fila, con la intención de equilibrar con sólido la cantidad de líquido ingerido. Según el gusto del participante, también se podía degustar una porción de una gigantesca paella, que solo de arroz llevó 24 kilos. A su vez, había empanadas, pitas rellenas y ensaladas, y el maridaje de los vinos se cerró con bandejas de postres dulces y masas finas.


Como las campanadas de las doce de Cenicienta, en determinado momento alguien determina que el salón debe concluir, aunque un par de insistentes bebedores se amotinen junto a su stand preferido. Entonces surge otro problema práctico. A la salida del evento, cuando uno debe dirigirse al vehículo en el que llegó unas horas antes, los reflejos no son los mismos. Me animo a decir que pocos de los felices y sonrientes asistentes hubieran podido resistir el más mínimo análisis de alcoholemia. Las maniobras en el estacionamiento y la vuelta a casa se volvieron un camino de obstáculos movedizos que hubo que sortear. Hay que decir que los inspectores de tránsito de la Intendencia de Maldonado no se percataron de este potencial nicho de mercado, porque para suerte de los conductores no se vio a ninguno en la zona.


Apuntes de Eduardo Lanza
Como dice el folleto que se entrega a la concurrencia, el Salón Conrad del Vino Fino, que se lleva a cabo el último fin de semana de enero, puede que sea "La feria de vinos más importante de la región, con la mayor oferta en variedad y calidad". Aunque bueno es aclarar que no se trata de una feria, porque durante el evento no se comercializan los vinos a degustar.


Pero bien es cierto que desde su primera edición en 2003, este Salón no ha parado de crecer y por lo visto este fin de semana, aparentemente ha llegado al tope de capacidad. Ya el año pasado se debió realizar una ampliación de la sala, ocupando con paneles livianos, parte del ancho corredor por el cual se accede a los eventos desde la Av. Artigas. Y esta vez se amplió de nuevo, dejando sólo un estrecho pasaje para llegar a las escaleras que llevan al lobby. Una vez adentro de la sala esta disposición permitió una circulación muy cómoda del público, que sólo se interrumpía frente a algunos puestos de gastronomía.


En aquel primer Salón de 2003, participaron once bodegas nacionales y hoy ya sumaron 21. De las 30 extranjeras de aquel año, la actual gran convocatoria llevó su número a unas 90. En total la disponibilidad de vinos de esta edición, totalizó las 400 etiquetas. Por supuesto que Argentina y Chile acaparan más de la mitad de la representación internacional.


De muy lejos. Aunque ya participaron en anteriores ediciones, vale remarcar la presencia de 4 bodegas de Oceanía, que a través de sus importadores - Vinos del Mundo y Grand Cru - nos permiten disfrutar sus vinos en nuestras copas. Por ejemplo, Penfolds de Australia es sin duda la más famosa, porque produce el mítico tinto Shiraz Grange Hermitage, que en las subastas europeas se cotiza a precios exorbitantes. Por su parte Europa estuvo representada con vinos de Francia, España, Italia y Portugal, algunas de ellas de mucha tradición por tratarse de grandes marcas y otras que atraen por ser novedosas y con precios más accesibles para el consumidor.


El intercambio de opiniones entre conocedores forma parte de la mecánica de un evento de este tipo y las recomendaciones mutuas no faltan. Entre las tendencias apreciables, coincidimos con algunos amigos en notar una menor incidencia de la madera, tanto en los tintos como en los blancos. Esto se notó en especial en los Chardonnay de crianza en roble, que hasta hace no mucho se apoyaban demasiado en este factor aromático.


No resulta fácil trazar una ruta de degustación en este complejo y aglomerado universo, por lo variado de la oferta de vinos. Los de mayor categoría son la atracción principal para los conocedores, pero estos no siempre están disponibles al momento de llegar al stand. Existe una tradición comprensible de parte de los sommelier encargados de administrarlos, para que la disponibilidad de estos grandes vinos no se agote a poco de empezar. En general el servicio funcionó a la perfección, encontramos los vinos con la temperatura adecuada y la información que nos brindaron los encargados de servirlos en los diferentes stands, fue la adecuada a un evento de esta categoría.
05/02/2011, Valentín Trujillo. Publicado en El Observador

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